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Castro Dozón – Santiago de Compostela (1/3)

6 de julio de 2011

La noche es muy larga, sobre todo cuando actúa por segunda vez en estos días el barítono César, que esta noche tiene su actuación mejor. Me levanto temprano para ver cómo está el día. Tengo serias dificultades para bajar de la litera y me tengo que apoyar en la de Michel para descender como un escalador. Salgo fuera y veo que hay mucha humedad, no sé si porque ha llovido o por el rocío que se acumula por la noche. Poco a poco vamos apareciendo todos y nos acercamos a desayunar un poco, en el autoservicio de la furgoneta. Hoy hemos decidido que no pararemos a comer para no perder tiempo. La furgoneta, llena de ropa que no se seco de ayer, parece un tenderete del mercadillo.

Nos abrigamos bien, porque el día es fresco, y salimos por un camino asfaltado junto a la carretera, donde retomamos las señales.  A ratos por dentro y otros por fuera de la carretera, ascendemos al Alto de Santo Domingo de forma ordenada. Descendemos hasta el pueblo del mismo nombre y poco después, un camino nos saca por la izquierda de la carretera. ¡Por fin dejamos el asfalto!

El camino está muy bien compactado y avanzamos con rapidez hasta Puxallos, donde nos recibe una moderna reproducción de Santiago Peregrino, en el jardín de un chale. Atravesamos esta aldea sin detenernos y el camino desciende hasta un paso elevado por el que cruzamos la A-52. Tere pincha una rueda y la hinchamos, sin cambiarla, porque parece que el daño es pequeño. Luego continuamos hasta el apeadero de San Juan de Villanueva tras el cual, el camino convertido en amplia senda, asciende un poco hasta salir a una pista asfaltada por la que entramos en A Xesta. En este pequeño núcleo de casas abigarradas, encontramos una pequeña iglesia y un crucero reciente.

Salimos del pueblo cruzando la carretera y continuando de frente por un camino bajo los robles y que acaba en una pista asfaltada que nos lleva hasta un paso elevado sobre el AVE en construcción. Por este mismo camino y entorno llegamos hasta la Estación de Lalín. Antonio, al que parece llevarle el diablo, se adelanta demasiado y llega hasta la misma estación, donde habíamos quedado con César, saltándose una señal, que nos saca a un camino, que nosotros si vemos, y lo perdemos de vista.  Mientras intentamos contactar con el desaparecido, Tere juguetea con un par de caballos que hay en un vallado. Como Antonio lleva emisora, lo avisamos y descendemos el ritmo para que nos alcance.

Seguimos camino pasando por Baxan y poco después, cruzamos de nuevo el AVE por un paso subterráneo del que salimos por asfalto en fuerte ascenso, para seguir paralelos a él unos metros. Este camino nos hace entrar en Botos, con las consiguientes bromas a la pobre Tere.

-Tere, mira donde te traemos, a Botox  –le decimos.
-Es que me hace falta o qué. –contesta ella,  toda seria.

Fotografiamos su crucero y seguimos a la espera de que Antonio nos alcance. Tranquilos, seguimos hasta que la pista llega a una carretera local, que cruzamos de frente, y entramos en un camino de tierra protegido de nuevo por los robles de un espeso bosque. Este termina a las puertas de Donisón. Nos detenemos para fotografiar la iglesia de Santa Eulalia y un crucero de doble cara, mientras hacemos tiempo. Me entretengo con un cachorro de labrador, que temeroso al principio, termina jugando conmigo. Sale el dueño, un hombre mayor con el que charlamos un rato. Justo entonces aparece Antonio. Michel y yo lo “castigamos” a ir el último por haberse adelantado tanto. Continuando por un camino rodador llegamos a A Laxe, junto a unas rotondas. Seguimos por la carretera, donde indica que quedan 44 km a Santiago, para intentar encontrar un bar para desayunar un café y lo hacemos justo al lado de una señal, ya en la aldea de Vilasoa, que nos lleva a un camino.  Avisamos a César que aparece pronto. La rueda de Tere está un poco floja y cambiamos la cámara en un santiamén. El bar se llama Restaurante Mª José y nos atiende un simpático camarero con el que entablamos conversación y sale a colación la dificultad que tenemos los visitantes en Galicia para saber en qué pueblo estamos.

-Mira –me dice, mientras tomo nota como un alumno aplicado- Primero está el Concello, que se divide en parroquias y cada parroquia, se divide en aldeas o lugares.
-Gracias –le contesto- por fin lo entiendo, es que nos estamos volviendo locos con tanto nombre y nunca sabemos dónde estamos.

Nos tomamos el café con leche –desayuno- y nos disponemos a salir, después de haber sellado la credencial.

Salimos por el camino señalado y nos encontramos las primeras vacas del recorrido, pastando tranquilas en un prado. Empezaba a pensar que ya no había vacas en esta tierra.  Continuamos por un precioso camino arbolado hasta pasar de nuevo sobre el AVE  y enseguida llegamos a Prado, población que atravesamos por la N-525 para desviarnos, después de una fuerte bajada, en dirección al apeadero de Taboada, No llegamos a él porque el camino se desvía a la izquierda de un puente sobre el río Deza. Pedaleamos por un antiguo camino y llegamos a un viejo puente de un arco que salva el río Deza. Este tramo está empedrado y para salir de él debemos poner todo nuestro empeño sobre la bici, pero fracasamos estrepitosamente y lo terminamos a pie, pasando junto a la Posta da Prata -casa de turismo rural-.

En un par de minutos entramos en la parroquia de Taboada, un rincón lleno de prados y viejas casas con hórreos, a los que el cielo pobremente nublado da un aspecto idílico.  Casas diseminadas por todas partes nos acompañan hasta que salimos a la N-525. Frente a nosotros vemos un grupo de peregrinos junto a una iglesia. Cruzamos la carretera y subimos hasta ella. Es la iglesia de Santiago de Taboada y junto a ella hay un crucero, un sarcófago y una imagen del santo. Es una construcción de estilo románico del siglo XIII y la tradición dice que el peregrino debe golpear la cabeza en la puerta. Entramos a sellar la credencial y el cuidador nos dice que es la única iglesia abierta para este fin. Nos hacemos unas fotos un tanto irreverentes junto a la imagen del santo y nos disponemos para retomar la ruta.

Volvemos a cruzar la nacional ya que el camino a seguir lo tenemos enfrente. Es un amplio sendero rodeado de muros de piedra al que un par de trabajadoras desbrozan con sus máquinas, por lo que lo encontramos impecable para pedalear. Cruzamos junto a una fábrica de pretensados y volvemos a entrar en él, ahora más ancho y cubierto de viejos robles. Delante nuestro aparece  el pazo de Trasfontao y su capilla.

Salimos del pueblo por un camino empedrado y sospechosamente lleno de algo marrón que no es barro. Debemos continuar a pie tras una manada de vacas que dirige un chaval joven, mientras nos cruzamos con un anciano paseante que nos desea buen camino. Es imposible adelantar a los animales por la estrechez del camino y esperamos a que este se ensanche para intentarlo. Nos acordamos de Paz ¡Con el miedo que les tiene a los toros, estaría corriendo hasta Huesca!

Por fin el camino se abre, y en pocas pedaladas adelantamos a las vacas, que corren a nuestra derecha. La ruta asciende hasta Silleda y cruzamos rápidamente el pueblo. Solo nos detenemos para fotografiar su iglesia. Las señales nos vuelven locos en este pueblo, ya que por dos veces, nos sacan y nos vuelven a meter en a la N-525. Por fin entramos en un tramo de carretera abandonada, donde nos llama la atención un sospechoso trasiego de cerdos entre varios camiones allí aparcados. Antes de llegar a una gran fábrica, la carreterita se desvía a la izquierda y en instantes, llegamos a San Fiz. El camino, por el que avanzamos con rapidez y algo separados entre nosotros, cruza amplios y verdes campos con pequeños retazos de bosque. En un recodo del camino, pastan unos caballos tranquilamente, absolutamente indiferentes a nosotros. En poco tiempo cruzamos la N-640 y poco después, sobre un paso elevado, la AP-53 y continua de forma rectilínea hasta un grupo de casas donde las flechas nos hacen cambiar bruscamente de dirección para bajar hasta Bandeira.

 

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